Para cuando me levanté a desayunar en Humahuaca, Manuel se estaba yendo a la ruta. Un rato después salieron las cordobesas y a los quince minutos Lautaro. decidimos separarnos para así tener posibilidades de ser levantados en la ruta. Funcionó en gran medida. Male y yo salimos alrededor de las nueve y media del hostel y dos horas después frenó una camioneta y nos alcanzó hasta La Quiaca. Una vez ahí nos encontramos con Luciana, Nicole y Manuel-las dos primeras se encontraron con el último en Abra Pampa, un pueblito que se encuentra entre Humahuaca y La Quiaca, y desde ese momento hicieron dedo los tres con un buen resultado-, pero no había noticias de Lautaro. Cuando se fue le pedimos que cargué el celular y nos avise si lo habían levantado o si se tomaba el micro. Paseamos un rato, comimos algo y Lautaro seguía sin dar señales. Ya iba siendo hora de cruzar la frontera. Habíamos acordado encontrarnos todos en La Quiaca entre las doce y las dos. Eran las cuatro y media y nada. Francamente empecé a preocuparme. Lo llamábamos y atendía directamente el buzón. Finalmente, casi a las cinco, respondió a un llamado de Luciana. Hizo dedo hasta las doce sin resultado y cuando fue a la terminal le dijeron que el próximo micro salía a la una y media. Al parecer en la ruta no tenía señal y las llamadas le llegaron después pero se había olvidado de cargar el celular.
Los seis juntos pasamos la frontera sin complicación alguna y en una casa de cambio canjeamos pesos por bolivianos. Después fuimos a la estación de trenes y compramos los pasajes mañana salir a Uyuni pagando mas de lo esperado. Teniendo los pasajes en mano, anduvimos dos horas caminando con las mochilas para buscar un hostel barato. Caímos en uno que nos cobraba treinta bolivianos-setenta y cinco pesos argentinos aproximadamente- pero que no tenía cocina ni wifi. Los demás hosteles no eran mucho mejores. Manuel, Luciana y Nicole querían ir a un hotel que costaba ciento ochenta pesos argentinos y Male, Lautaro y yo preferíamos quedarnos en el otro, que salía menos de la mitad. Evidentemente esto se las traía floja y dijeron que ellos iban al hotel. Male no quería que nosotros tres nos quedáramos solos en ese lugar que no era el ideal. Terminamos por ir al hotel contra mi voluntad. Mi humor en este momento no es el mejor.
Hay algunos momentos, los menos esperados, en que uno tiene una epifanía. Como por arte de magia una gran verdad te golpea en las narices. Ayer nos levantámos en Villazón y fuimos a la feria con la intención de equipararnos para los próximos días. Yo compré un termo a cien pesos argentinos para reemplazar el que se rompió en Cafayate, Male una manta porque no tiene bolsa de dormir y nos hicimos de una carpa para acampar en la Isla del Sol además de algunas boludeces mas que nos eran necesarias. Después de comer unas empanadas de queso como almuerzo nos subimos al tren que nos traería acá luego de ocho horas. Ahí es donde pasó. Estaba contrariado por haberme visto obligado a dormir en un hotel pero de repente entre en la cuenta de estar ignorando uno de los principales dictados de mi filosofía de vida: NO TE ANGUSTIES, HAY QUE VIVIR SIN PREOCUPARSE, o, Hakuna Matata. Dormí en un lugar con comodidades innecesarias y gasté una plata que podría bien haber sido mejor invertida en otra cosa. Pero me encontraba cruzando a otro país, conociendo otra cultura, VIAJANDO, cumpliendo uno de mis objetivos de vida. Puedo decir que conozco el buen vino y conozco el peor. Continúo nutriéndome de experiencias, rompiendo con las estructuras y aprendiendo que lo que te muestran no es todo lo que hay.
He aquí la epifanía: La verdadera belleza, el aprendizaje real, esta ahí fuera esperando a que lo agarres ¿ Que mas dá si andas con mucha, poca o nada de plata en el bolsillo? ¿Que mas dá si dormís en un cinco estrellas y al siguiente en una plaza? Ahí radica el secreto: hay que aprender a ser feliz en la simpleza, pero si el cosmos te regala lujo o comodidad, no tiene sentido rechazarlos sino que hay que saber disfrutarlo de igual manera y aprender de ello. No necesito mucha plata en el bolsillo, ni parar en un hotel para sentirme cómodo, pero si se presenta la oportunidad ¿ por qué no? Faltan muy pocos días para cumplir un mes de viaje y en este tiempo comí tanto arroz pelado como una hamburguesa cargadisima acompañada con un fernet; dormí en un hotel y en un departamento a estrenar en Salta Capital como en un hostel que no tenía agua y en una casa de familia sumamente humilde; viajé en colectivos de buena y mala calidad, en un tren con wifi y en otro que se respiraba tierra, además de también hacer dedo. Como dije, conozco el buen vino y conozco el peor. Si se tiene buenísimo y si no, también. Siempre se puede.
Llegamos a Uyuni a las doce de la noche de hoy sin hospedaje. Seguimos a otro grupo de mochileros y terminamos en un hostel llamado "Jalama", pagando cuarenta bolivianos. Me dormí alrededor de las dos y a las siete estaba arriba otra vez. Vengo durmiendo muy poco. Ni desayunamos y salimos a averiguar precios para el Salar. Male se quedó en el hostel porque se sentía mal. Finalmente terminamos consiguiendo una excursión y empecé a ser consciente de que iba a conocer el salar mas grande del mundo.
A las once menos cuarto estábamos los seis arriba de la camioneta y partimos. Mama naturaleza se mostró radiante y nos dió a conocer una de sus grandes creaciones. Estuve en uno de los lugares que tantas veces vi en fotos y lo hice sin haberlo planeado. Una de las cosas mas hermosas que ví en mi vida. Paisajísticamente si no es lo mejor, pega en el palo y pica en la linea.
Después de un largo día, el guía, Jorge, un boliviano culto y de opiniones políticas muy firmes, nos dejó en un hostel con todo pago, comimos y ahora me voy a dormir. Mañana esperan mas paisajes y caricias a la vista, al igual que pasado. Y después... la vida dirá. Espero podamos llegar a la Isla del Sol.
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