5/10/17

23/03/17 Humahuaca/ Jujuy

  Hoy fue un día tranquilo. Y me alegra que haya sido así. Viajar no es simplemente conocer lugares y sacarse una foto, sino pasar un día más viviendo como cualquier otro ciudadano del lugar. Como siempre digo, dedicar tiempo a contemplar. Es hermoso relajarte y dejar que fluya, minimizar lo que el tiempo significa. Pienso que es por eso que muchas personas, aunque felices, regresan agotados de un viaje. Se apuran, corren, pagan una excursión, sacan la foto y pegan la vuelta. Suelo sonar como un romántico y tal vez lo sea, pero tomarte un mate arriba de un cerro que a la altura de sus pies te muestra un pueblito de pocas calles y observar esto mientras el viento zumba contando mil historias, me resulta fascinante. Ayer en Humahuaca una nena de no más de seis o siete años se paró delante nuestro para preguntarnos si podía  cantarnos una copla. De donde yo vengo esas cosas no pasan.
  A la mañana nos despertamos, disfrutamos del desayuno que viene incluido con el hospedaje en el hostel y comenzamos a dudar acerca de si ir o no al Hornocal a ver el cerro de los catorce colores. Male y Manuel se sentían mal, Nicole no quería ir y Luciana, Lautaro y yo estábamos dubitativos. En un principio- siempre en contra de las excursiones- propuse ir caminando pensando erróneamente que eran diez kilómetros hasta el cerro. En el hostel nos informaron que en en realidad eran treinta y ni siquiera yo apoyé mi moción. Se estaba haciendo tarde y a ninguno le gustaba la idea de pagar dos camionetas que nos dejaran al pie del cerro-hay que llegar hasta la Isla del Sol, o, por lo menos, al Salar-, asique terminamos por no ir acordandolo implícitamente cuando me puse a leer y cada uno de los demás se dedico a lo suyo.
  Después de comer le propuse a Male ir a Uquía, un pueblito cercano, a pasar la tarde y Lautaro decidió también venir con nosotros. Nos tomamos un colectivo pagando diez pesos que nos dejó a un lado de la ruta. Doblamos a la derecha y entramos a un pueblo en el que parecía ser que sus habitantes habían tomado conjunta y espontáneamente la decisión de marcharse de un momento a otro dejando ventanas abiertas, ropa tendida y algún que otro perro. Recorrimos todo el largo del lugar y no vimos a mas de tres o cuatro personas. Empezamos a caminar en medio de cactus y variedad de flora para después de un rato encontrar un sendero y seguirlo hasta arriba. Ahí nos tomamos unos mates y comimos unos pedazos de bizcochuelo para después de una hora y pico pegar la vuelta y entrar a Uquía justo en el momento en el que los estudiantes salían del colegio reviviendo a su paso al pueblo como fénix emergiendo de las cenizas. Cruzamos la ruta y tuvimos la suerte de que el colectivo estaba llegando. Hace un rato que estamos de vuelta en el hostel y estamos por hacer la cena. Un buen día a pesar de la escasa actividad. Si todo sale bien, mañana a esta hora voy a estar en Bolivia.

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