Aprendí que el éxito es cuestión de perspectiva y que el amor se trata de no limitar. Que la muerte no tiene prisa y que la vida es vertiginosa. Aprendí que la libertad reside solo en la mente porque en la carne siempre vamos a tener alguna cadena.
Aprendí que somos las decisiones que tomamos, tanto las buenas como las malas, las simples como las dolorosas. Aprendí que mil veces en el camino me voy a perder, nada va a tener sentido y el dolor va a ser lo único que sienta. Pero a su vez aprendí, a prueba y error, que otras mil veces juntare los pedazos y me voy a volver armar a mi mismo, que como el fénix voy a renacer de las cenizas, a recrearme desde el amor propio. Porque aprendí que aunque así parezca la vida no se termina y la luz se vuelve a prender, la esperanza vuelve a aparecer y se vuelve a ser feliz.
Aprendí que el amor del bueno a veces implica alejarse aunque se descarne el corazón. Qué el resultado de las decisiones más difíciles solo se puede apreciar cuando el tiempo hizo su trabajo y la herida ya no está en carne viva. Aprendí que me voy a equivocar con la gente y que la gente se va a equivocar conmigo y, por eso, aprendí que cada uno hace lo que puede tratando de encontrar el equilibrio utópico entre la mente y el corazón. Aprendí que a algunos les cuesta sentir y que otros no pueden dejar de hacerlo, y que esto se debe a la necesidad de ponerse una coraza.
Aprendí que cuando los principios son muy rígidos uno se aísla, pierde perspectiva y, al final, se aleja de lo importante.. Pero cuando los principios resultan muy flexibles uno no se halla, pierde la confianza en sí y no tiene brújula. Aprendí que hay que hacerse amigo de la frustración porque en algún momento le vamos a tener que hacer frente ya que el que patea las fronteras se encuentra con su límite y este siempre pega y nunca acaricia. Aprendí que es la soledad la única que nos permite conocer a nuestro yo real y que tiene que ser nuestra primer compañera, pero que cuando uno tropieza siempre es necesario tener unos brazos que genuinamente nos quieran abrazar. Aprendí que la sangre no tira pero que la costumbre y el amor si lo hacen. Aprendí que los vínculos con nuestros seres amados son lo más preciado que tenemos y que hay que fortalecerlos diariamente con un gesto, un mensaje, un abrazo, una charla o una sonrisa porque también aprendí que hasta la llama mas vivaz y resplandeciente se apaga si el fuego no se alimenta. Y aprendí que para alimentar la llama del otro primero tengo que alimentar la mía debido a que si no me estoy queriendo como corresponde el amor que brindo no es de calidad.
Aprendí que las balas que mas me perforan son las que disparo yo mismo porque soy mi peor enemigo y mi carcelero. Aprendí que tengo que ser mas indulgente conmigo y consolarme cuando nadie lo haga porque aprendí que hay actos de amor que se hacen por el otro que nunca van a ser reconocidos así como muchas veces yo no voy a entender lo que el otro hace por mí. Aprendí que la incertidumbre es moneda corriente y que hay que aprender a lidiar con ella. Aprendí que los sueños deben ocupar toda nuestra energía, que algunos se alcanzan y otros no, que algunos son abstractos y otros concretos, que algunos se transitan y otros sirven para dar pie a algo mayor; qué a veces está bien abandonarlos si ya no los deseamos porque no está mal cambiar de parecer o de idea. También aprendí que la nostalgia es romántica pero que no hay que abusar de ella porque parte de crecer es dejar atrás ideas, principios, sueños o relaciones que fueron pero que, por alguna razón, ya no son. Aprendí que la idealización está bien pero que hay que ponerle límites. Que el tiempo es lo único valioso y solo tenemos control sobre el presente que nos toca. Aprendí que aprendí mucho pero que mucho me falta. Aprendí que mis aprendizajes me hicieron mas fuerte pero que todavía soy vulnerable. Sobre todo aprendí que de todo se logra aprendizaje.
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