Doce días de viaje. Hoy va a ser la tercer noche que pasó acá. Pasaron muchísimas cosas.
El doce nos levantamos temprano con la idea de ir a hacer dedo y llegar antes de las tres de la tarde a Cafayate para encontrarnos con las cordobesas- que están haciendo un voluntariado y nos reservaron unas camas en el hostel-, Lautaro y sus amigos ( todos mochileros que conocimos en Tafí y con los que pegamos onda) para ir todos juntos a recorrer las cascadas. El problema estuvo en que Tafí del Valle nos volvió a despertar con lluvia. Decidimos esperar a que pare y si en un rato no lo hacía tomarnos un micro. Paró. Así que caminamos unas lindas diez cuadras en subida y después de estirar una hora y pico el dedo nos levantaron un hombre y una mujer, hermanos, que nos dijeron que nos podían dejar en Amaicha, a más de la mitad del camino. Al subirnos al auto nos dió lastima la carita de la perrita que nos siguió desde el hostel.
Esta vez la que sufrió las curvas de la vertiginosa ruta fue Male. Yo no me sentía muy bien pero lo pude manejar. Los hermanos, aunque no hablaron durante la mayor parte del trayecto, nos trataron bien y con mucha atención. En un momento pararon al costado de la ruta y le preguntaron a Male si quería que paremos un rato o un caramelo para que le suba la presión. Ella reclinó la primera oferta pero si aceptó, al igual que yo, el caramelo. Un rato después nos dejaron en Amaicha.
Teniendo en cuenta que Male no se sentía bien, preferimos olvidar el dedo e ir a la estación de colectivos. Seguimos indicaciones, caminamos algunas cuadras y pedimos un pasaje a Cafayate. Ya eran las dos de la tarde para ese momento y el próximo micro salía a las cuatro, por lo tanto nos quedamos un par de horas esperando. Comimos unas empanada- no habíamos probado bocado desde las nueve de la mañana cuando desayunamos unas rodajas de pan- y yo me dormí una siesta en un banco para compensar la noche anterior en la que los mosquitos masacraron cruelmente varias partes de mi cuerpo sin dejarme dormir y manteniendome alerta. Son los únicos seres vivos que odio, además de los seres humanos la mayor parte del tiempo. A los dos por lo mismo: no dejan vivir al otro.
Llegamos a Cafayate alrededor de las cinco o cinco y media de la tarde. Ya teniendo indicaciones y sabiendo en que hostel íbamos a parar no tardamos en llegar. Una vez ahí nos encontramos con que no había nadie. Todos estaban en las cascadas. Al inscribirnos vimos en el cuaderno dos nombres conocidos: Jano y Mariana, otros mochileros con los que trabamos amistad en Tafí. Nos instalamos, tomamos unos mates y para las nueve llegaron todos los demás. Nos contaron que es super recomendable pero muy peligroso y que de verdad es necesario contratar un guía. Después con Jano, Male, Hector y Andrea fuimos a comprar comida para todos. Veintidós pesos cada uno, correspondiendole cinco empanadas. No existe, viejo. Re barato. Comimos, charlamos de música y estilos de vida, jugamos un juego de habilidad mental que nos enseñó Jano y tipo una nos fuimos a dormir.
Ayer, con todo el grupo, gastamos seis pesos por cabeza en unos fideos con huevo y verdura y a las tres nos fuimos a visitar la Quebrada de la Conchas, una excursión que dolió pagar- doscientos cincuenta pesos- pero que valió la pena y sin guía nos hubiéramos perdido ademas de no haber visto muchísimas cosas. Hermoso. Conocí algunos de los lugares que casi todas las mañanas veía en fotos mientras tomaba mate antes de ir a la facultad o a trabajar. A la vuelta, comimos un plato de sopa con fideos cada uno por cuatro pesos- escribo los precios porque de tan increíbles en unos meses voy a creer que exagero- y dormimos temprano por el cansancio.
Ya que el presupuesto se nos empezó a ir de las manos con la excursión que no estaba en los planes y los primeros días en que no encontrábamos hostel, con Male decidimos hacer algo para generar ingresos. Las cordobesas, Luciana y Nicolle, se sumaron al igual que Lautaro- que va a seguir viajando con ellas debido a que sus dos amigos se volvieron-.
Los demás- Jano, Mariana, Hector y Andrea- esta mañana continuaron viaje. Nosotros cinco compramos la materia prima e hicimos dos docenas de pastelitos de membrillo y batata. Vendimos diecinueve, canjeamos dos por seis choclos y entre los cinco liquidamos los tres que quedaban. Recuperamos la plata invertida y ganamos ciento treinta pesos que vamos a usar para armar comida comunitarias y no tener que poner plata.
Recién ahora, después de dormir una siesta, caigo en la cuenta de que no paré un segundo en los últimos tres días. Cafayate es hermoso. Lindos paisajes, clima estable y a pesar de ser un pueblo chiquito tiene todo lo necesario.
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