27/4/16

08/02/ 16 El Bolson ( en la montaña), Rio Negro

  Ayer con Maxi y Julián, un compañero que hicimos en el camino, subimos al glaciar. La caminata fue realmente un reto, pero ni bien llegamos a la cima  no dudé ni un instante de que la travesía valió la pena de principio a fin. Dormimos en un refugio llamado Natación  pasando una noche de frío cruento. Esta mañana tomamos unos mates frente al lago mas hermoso y tranquilo que ví para después levantar campamento, despedirnos de Julián  luego de compartir dos días con él, y emprender la marcha hacia El Cajón del Azul, otro refugio. El cansancio acumulado de dos días de recorrer caminos difíciles dicen presente en la carne y costó, pero alrededor de las dos y media de la tarde llegamos, cocinamos algo e hicimos un recorrido de cuarenta minutos para conocer el famoso cajón. Bello de diferente forma a lo que vengo viendo y creo entender que el lugar en la jerarquía es algo subjetivo. De todas formas desde que subí a la montaña todo significo una caricia a la vista.
  Como la persona compleja, crítica y también complicada con la que me identifico tengo una observación que no puedo dejar pasar: Por mas hermoso que sea este lugar la huella corrompida del hombre civilizado esta inculcada en todo recoveco. Indigna ver como se aprovecha la desventaja del visitante por parte de las autoridades del refugio. Bañarse, 25 $; un paquete de galletitas, 50$; una comida caliente entre 120 y 200 $, entre otras, ¿que necesidad de hacer negocio abusivo? Entiendo la oportunidad, pero no la razón coherente. El ser humano tiene la desdichada y falaz ilusión de que la cantidad es mejor que la calidad. Tener los proteje, eso es lo que piensan. Otro detalle que noté- esta vez de carácter agradable- es el continuo esfuerzo por no contaminar y cuidar de los recursos de que la montaña los provee. Al margen de la cantidad de los falsos disfraces de idealistas que están de relieve, me resulta satisfactoria la forma de tratar al otro y a la naturaleza que hay acá ( a excepción del negocio burgués que esconde tal imagen de comunidad).
  Hace un rato, mientras escribía, un hombre de rastas me preguntó sobre que escribía y terminamos por tener, junto con su pareja también, una de esas charlas ricas en materia espiritual. Ellos están juntos hace diez años y eligieron sacrificar la comodidad de la vida en la zona de confort para viajar y disfrutar de un pasar mas relajado. Ambos me hicieron llegar la impresión de ser gente culta, leída y viajada. Me relataban como sus conocidos los hostigaban con preguntas relacionadas a formalizar o a tener familia y como ambos respondían que eligieron otra cosa y mañana, en caso de cambiar de idea, lo harían y ya. Otra lección a aprender: escuchar al otro es útil para, día a día, volver a preguntarse si sigo siendo fiel a lo que pensaba ayer.

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